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      “La  Humanidad  tiene  razones  que  la  Razón  del  Hombre  ignora”    

Notas

Humanidad
Goethe y la divulgación científica.

Autor: Martí Domínguez
Fuente: Marti.Dominguez@uv.es

Goethe y la divulgación científica
Goethe and the popularization of science

Martí Domínguez

 A menudo se olvida que Goethe, además de poeta y ensayista, también fue un científico que supo compaginar el amor por la vida con el estudio de la naturaleza. En sus escritos ha dejado pruebas evidentes de sus múltiples facetas,  viajero, pintor, escritor, científico... Goethe refleja el mundo en el que vivió, testimonio romántico en el que literatura, poesía, filosofía y ciencia coinciden.

We often forget that Goethe was not only a poet and an essayist, but also a scientist able to reconcile love for life an the study of nature. His writings contain clear evidences of his multiple facets: traveler, painter, writer, scientist... Goethe reflects the world he lived in, a romantic testimony in which literature, poetry, philosophy and science coincide.   

 La obra científica de Goethe ha sido estudiada con bastante detalle, aunque evidentemente de una manera mucho más tangencial y desapasionada que la literaria. A menudo se ha considerado su esfuerzo científico un diletantismo sin sentido, una excentricidad de un genio de dimensiones olímpicas, acuciado por el deseo de universalidad. No obstante, como indica Henri Bortoft, actualmente parece que vivimos una época de recuperación de la ciencia goethiana, y que su interpretación tanto de la física newtoniana como de su visión de la naturaleza se estudia desde nuevas perspectivas. Sin embargo, la obra de Goethe de divulgador de la ciencia aún no ha sido abordada con suficiente profundidad: no sólo porque a menudo los científicos han creído descubrir en el autor del Werther a un diletante, sino porque con frecuencia han interpretado sus escritos –fundamentalmente desde el campo de la poesía y del ensayo– como un instrumento con el cual fortalecer sus falsías. El propio Goethe se quejaba amargamente al poeta Eckermann de aquella actitud recelosa de la comunidad científica: «Los sabios, y especialmente los matemáticos, no dejarán de encontrar ridículas mis ideas, y quizá hagan algo mejor: como gente distinguida que son, las ignorarán completamente».
Y, en efecto, la obra de Goethe como científico ha sido en gran parte ignorada. A los litterateurs à thèse les cuesta reconciliar al autor del Werther con el descubridor del hueso intermaxilar. Y, no obstante, en pocos escritores la vida se une –o se reúne– con la obra con tanta frecuencia. Los pasos por la literatura y los pasos por la ciencia del autor del Fausto, no son más que una traslación de sus tambaleantes pasos por la vida. De una situación, de una especial coyuntura, surgirá una obra literaria, de otras inesperadas y casuales circunstancias, sus descubrimientos científicos. En este sentido, si Goethe no hubiese sido invitado por el Duque Carl-August a Weimar, su interés por las ciencias naturales no se habría desarrollado con tanta energía. Pero su aislamiento en aquel hermitage de los bosques de Weimar, junto al bello riachuelo del Ilm, condujo a Goethe a interesarse por la botánica, y muy especialmente por la obra taxonómica de Linneo. Si el Werther es el resultado de sus desamores con Charlotte Buff (y de la adaptación del suicidio de Jerusalem), sus inicios botánicos son la consecuencia de su refugio en Weimar, de su contacto con los guardas forestales del duque, y en muchos aspectos también de su desencuentro con la baronesa Charlotte von Stein, un nuevo y apasionado amor. En las relaciones de Goethe con la baronesa hay algo del Saint-Preux de La nueva Eloísa, y en su refugio en la botánica, una ensoñación rousseauniana. El poeta se refugia en la botánica como lo hiciera Jean-Jacques: la naturaleza se convierte en el exutorio de su alma atormentada, con el poema a los Alpes de Haller y los Idilios de Gesner de fondo, y junto a la poesía se entremezclan otras lecturas eruditas, como la Historia natural de Buffon o la filosofía de Spinoza.
Esa espontaneidad vitalista, ese romanticismo desbordado ante la naturaleza, lo hacen más amante que estudioso de la naturaleza. Goethe nunca fue un buen taxónomo, nunca tuvo afán de exhaustividad. La curiosidad –ese ferviente deseo de aprender que lo caracteriza incluso en la vejez– lo llevan azarosamente de un campo a otro, que siempre busca interrelacionar. En su actitud ante las plantas, sin duda hay una mimesis del espíritu rousseauniano (en su casita del parque del Ilm se transformará en «el amigo de las plantas retirado del mundo»), pero, como al conde Buffon, a Goethe le interesa también descubrir las leyes comunes a los seres vivos. En su poema Epirrema indica su actitud ante el estudio de la naturaleza:

                                   Al contemplar la Naturaleza
                                   No perdáis nunca de vista
                                   ni el conjunto ni el detalle
                                   que en su vastedad magnífica
                                   nada está dentro ni fuera;
                                   y por rara maravilla
                                   anverso y reverso son
                                   en ella una cosa misma.
                                   De este modo, ciertamente,
                                   aprenderéis en seguida
                                   este sagrado secreto
                                   que miles de voces publican.

A Goethe le interesa más el conjunto que el detalle; es, por así decirlo, un filósofo que se sirve de la naturaleza, que busca el «sagrado secreto» que caracteriza a los seres vivos. La llegada a Weimar del filósofo Johann Gottfried von Herder, que preparaba su magna obra Ideas sobre la filosofía, representó un nuevo y definitivo estímulo. En sus escritos, Herder propone que existe una forma principal propia a todo lo viviente, un arquetipo que se encuentra presente en todo ser vivo.
Este estudio de la naturaleza, se amplía con sus trabajos osteológicos. Goethe conoció al reverendo J.C. Lavater en el transcurso de un viaje a Zurich, el cual lo animó a que participara en su obra fisionómica. Lavater había desarrollado un método que, en función de los rasgos faciales, acertaba a predecir el carácter de las personas. De este modo, escribía de Voltaire:

«¡Qué significativos de cinismo ingenioso son los rasgos de Voltaire! La parte superior de la nariz es la más graciosa, pero esta expresión disminuye hacia su extremo. La boca es extremadamente característica del ingenio y de la gracia satírica, de la vanidad, y de la satisfacción por la avaricia.»

En cambio, de Lutero indicaba:

«¡Qué vulgar, qué pobre es este rostro para el gran, único, incomparable Lutero, el cual, a pesar de todos sus monstruosos defectos, fue el honor de su época, de Alemania y de la raza humana! Este rostro, digo, es todo menos bello; aunque se descubre al hombre firme e intrépido! ¡Qué mente, qué entusiasmo revelan sus ojos! ¡Qué industria y qué humildad en la boca! Resulta innecesario remarcar la inflexibilidad y el poder del mentón y del cuello.»

Lavater quería demostrar que el cráneo –su estructura ósea– era el responsable último de la fisionomía. Animado por el reverendo suizo, Goethe empezó sus estudios de osteología comparada, que lo conducirían al descubrimiento del hueso intermaxilar, su mayor y más indiscutible éxito científico. Hasta entonces se creía que el hombre se diferenciaba de los primates por no tener los cuatro dientes incisivos situados en un hueso empíricamente aislable, conocido con el nombre de hueso intermaxilar (os incisivum). Era la única diferencia clara que los naturalistas habían encontrado entre el esqueleto de los simios y el del hombre, y en aquel hueso insignificante se sostenían muchas de las teorías del origen divino de la especie humana. Goethe, que buscaba esa unidad de la naturaleza, encontraba injustificable esta ausencia, y motivado por Lavater empezó a estudiar los cráneos de distintos animales (del elefante, del oso hormiguero, del hipopótamo, del camello, del león marino, del tigre, etc.) y a compararlos con el del hombre. Finalmente, pudo probar que el hueso intermaxilar estaba también presente en el hombre, y que resultaba claramente visible en el feto humano, antes de fundirse con la mandíbula superior. Este descubrimiento le puso en contra a los principales anatomistas del momento, entre ellos a los influyentes Blumenbach y Camper.

La metamorfosis italiana
           
En septiembre de 1786, diez años después de su llegada a Weimar, Goethe emprendió un viaje a Italia que resultó trascendental en su vida, y por tanto, en su obra literaria y científica. Su partida de Weimar se llevó a cabo en secreto, sin advertir a la baronesa Von Stein, con la que durante todos aquellos años había mantenido un idilio platónico, plagado de conflictos sentimentales. Goethe seguirá en cierto modo los pasos de su padre, que en su juventud realizó un largo periplo por la península italiana, lo que entonces se conocía como un Kavalierstour. Durante su viaje, Goethe cultivará su afición por la pintura, y realizará bellas panorámicas de la Ciudad Eterna, así como del paisaje romano. Como indica en su sugerente crónica del viaje, a Goethe le sorprende la variedad infinita de la botánica mediterránea: los pinos piñoneros, los palmitos, las plantas crasas, las piteras..., todo estimula su imaginación. El carácter colorinesco del pueblo romano, tan distinto del alemán, le conducirá a hacer propio el pensamiento de Montesquieu de que el clima modula el carácter de los hombres. Y no sólo el carácter de los hombres: Goethe a lo largo de su viaje irá observando cómo las plantas se van adaptando al progresivo cambio del clima. Esta manifestación del mediterráneo, que lo deslumbra y confunde al mismo tiempo, alcanzará su cenit en Nápoles. En las faldas del Vesubio, se apasionará de la enorme plasticidad de las plantas, de cómo consiguen acomodarse a las condiciones cambiantes, a las situaciones extremas. En Nápoles desarrollará su conocida tesis de la metamorfosis de las plantas: Goethe intuyó que todas las plantas, o al menos su gran mayoría, provenían de una primera planta –el arquetipo–. Los cotiledones, las dos primeras hojas embrionarias, habrían sido la base de la planta prototípica, y todos los órganos posteriores de la planta (espinas, estambres, pistilos, etc.) no serían más que una transformación posterior de dichos cotiledones. En una significativa carta enviada a Herder le desvelaría su descubrimiento:

«Estoy a punto de descubrir el secreto de la generación y de la organización de las plantas. (...) La planta primordial (Urpflanze) será la más extraña criatura del mundo. Con este modelo y con la clave que la explica se pueden inventar plantas hasta el infinito, es decir, que aunque no existan, podrían perfectamente hacerlo y que no son tan sólo sombras o apariencias pictóricas o poéticas, pero que contienen una verdad y una necesidad interiores. La misma ley se podría aplicar a todas las otras criaturas vivientes.»
[Carta a Herder, 17 de mayo de 1787]

A su vuelta a Weimar, inició la redacción de un tratado sobre la transformación de las plantas. En el prólogo de su ensayo, explica las condiciones que lo motivaron al estudio de la naturaleza: «De regreso a Alemania y como expulsado, pues, de modo irrevocable, del espléndido elemento artístico italiano, entregado a la desesperación, sentí más vivamente el valor y la dignidad del elemento-naturaleza. En él busqué salud y consuelo». Goethe –como Rousseau– busca en la naturaleza, y en sus leyes, un refugio del alma, un consuelo a sus dificultades amorosas con Charlotte von Stein. Y no sólo en la naturaleza... Durante este período, el poeta se enamorará de Christianne Vulpius, una florista de Weimar, ¡20 años más joven que Charlotte von Stein! Si Jean-Jacques Rousseau convivió con Thérèse, una camarera que conoció en un café de París, Goethe, a partir de este momento, compartiría gran parte de su vida con aquella ingenua y superficial florista.

La más extraña criatura del mundo

Goethe escribiría para Christiane una versión divulgativa de su nueva teoría científica. El largo poema de La metamorfosis de las plantas (1790), es una excelente adaptación de su concepción científica, en la que va explicando cómo desde una hoja ideal se van originando, por sucesivas transformaciones las distintas partes de la planta (la flor, los estambres y el pistilo, la hoja, la semilla, etc.). El poema se inicia con una breve introducción, en la que exhorta a la amada a descubrir con él las leyes ocultas de la naturaleza:

Te disturba, oh amada, la mezcla de miles
de flores aquí y allá en el jardín;
muchos nombres escuchaste, y siempre suplanta,
con bárbaro sonido, el uno al otro en el oído.
Todas las formas son análogas, y ninguna se asemeja a la otra;
así indica el coro una ley oculta,
un sagrado enigma. ¡Oh, si yo pudiese, querida amiga,
transmitirte al instante la feliz palabra que lo desvela!

 

                                  
Sigue una explicación de cómo subyace en la semilla una poderosa fuerza interna que permite el desarrollo de las dos primeras hojas embrionarias, los cotiledones:

Observa en su devenir cómo la planta poco a poco,
gradualmente guiada, se forma en flor y fruto.
Se desarrolla a partir de la semilla, apenas de la tierra
el seno que fecunda en silencio le da la vida,
al estímulo de la luz sagrada, eternamente moviente,
la delicadísima estructura de las hojas que nacen encomienda.

 

Yace en la semilla la fuerza simple: un modelo incipiente,
cerrado en sí mismo, replegado bajo el envoltorio,
hoja, raíz y brote, sólo medio configurado y sin color;
así el grano seco conserva a cubierto la vida serena,
que irrumpe hacia lo alto, se confía a la humedad benigna,
y de la noche circunstante surge.

 

De la transformación de los cotiledones, se van originando las diferentes partes de las plantas, entre ellas las flores, los estambres y el pistilo:

(...) En círculo se ponen ahora, contadas y sin número,
las hojas más pequeñas junto a sus semejantes.
Alrededor del eje hinchado se define el cáliz que esconde,
y a la forma más alta prodiga coronas de color.

 

(...) Pero la magnificencia será proclamación de nueva productividad.
Sí, la hoja coloreada siente la mano divina,
y se contrae rápidamente; las formas más finas,
tienden hacia delante, determinadas a unirse.
Se unen íntimamente las parejas afines, juntas
se ordenan en círculo alrededor del consagrado altar.

Finalmente, se produce la fecundación. Goethe no puede evitar hacer una emocionada alusión a la amada:

Himeneo ronda por allí, y magnífica fragancia, con fuerza,
dulce olor, afluye, reavivándolo todo alrededor.
Ahora aislados se llenan gérmenes infinitos
envueltos en el seno materno del fruto que se hincha.
Y aquí el anillo de las fuerzas eternas de la naturaleza se cierra...
vuelve ahora, oh amada, la mirada al abigarrado hormigueo;
verás como tu mente ya no se confunde.
Toda planta te proclama ahora leyes eternas.
Toda flor conversa claramente contigo.

 

Este poema fue muy bien recibido por la crítica, así como –al decir de Goethe– por la propia Christine. No obstante, el poeta no podrá evitar algunos comentarios satíricos y burlones de la «buena sociedad», sobre los auténticos motivos de su metamorfosis. En cualquier caso,

a partir de este momento, Goethe utilizará la poesía para dar mayor difusión a sus ideas científicas. Con estos poemas buscaría acercar la ciencia –sus percepciones científicas– a un amplio público lector. Sin duda, su relación con Christiane lo animó a simplificar en algunos casos el contenido de sus obras. Ciencia y literatura, arte y filosofía, se unirían en una gran amalgama en la obra de Goethe. Y también la divulgación de la ciencia. Como escribía al inicio de uno de sus trabajos científicos:

«Nadie quería comprender la unión íntima de la poesía y de la ciencia; se olvidaban que la poesía es la fuente de la ciencia y no se imaginaban que con el tiempo pueden formar una alianza estrecha y fecunda en las más altas regiones del espíritu humano.»

Y, sin duda, Goethe es uno de los mejores ejemplos de la fecunda unión de la ciencia y la poesía.

 

Martí Domínguez

Profesor titular de Periodismo de la Universitat de València, es director de la revista Mètode, una publicación trimestral dedicada a la divulgación científica. Es autor de las novelas Les confidències del comte de Buffon (ganadora de los premios Andrómina y Crexells) y de El secret de Goethe (ganadora del premio Prudenci Bertrana). Compagina su actividad en prensa com a divulgador científic con su actividad literaria.
Marti.Dominguez@uv.es

 

Bibliografía seleccionada

Boyle, N.: Goethe, the poet and the age. The poetry of desire, Oxford University Press, Oxford, 1997.
Boyle, N.: Goethe, the poet and the age. Revolution and renunciation, Oxford University Press, 2000.
Domínguez, M.: El secret de Goethe, Edicions 62, Barcelona, 1999.
Hocquette, M.: Les fantaisies botaniques de Goethe, Yves Demailly ed., Lille, 1946.
Lacoste, J.: Le «Voyage en Italie» de Goethe, PUF, París, 1999.
Lacoste, J.: Science et philosophie, PUF, París, 1997.
Naydler, J.: Goethe y la ciencia (1996), Biblioteca de Ensayo, Siruela, Madrid, 2002.
Sánchez Meca, D.: Estudio preliminar a la Teoría de la naturaleza de Johann Wolfgang Goethe, Tectnos, Madrid, 1997.

 

Enlaces

Goethe and science
http://www.ensc.sfu.ca/people/grad/brassard/personal/THESIS/node27.html

La science goethéenne
http://serpetoiles.free.fr/fscience.htm

Goethe’s page
http://www.econ.jhu.edu/people/fonseca/goethe.htm

Biografía de Goethe
http://worldroots.com/brigitte/goethe1.htm

Weimar page
http://www.uni-weimar.de/~wis/

 

 

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