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      “La  Humanidad  tiene  razones  que  la  Razón  del  Hombre  ignora”    

Notas

Humanidad

Autor: STEFAN ZWEIG


Momentos estelares de la humanidad
CAPITAN SCOTT. 90° DE LATITUD. 16 DE ENERO DE 1912

La conquista de la Tierra

"...nos hallamos en el siglo XX y ante un mundo que ya no tiene secretos, en el que no quedan tierras por descubrir ni mares por surcar. Países cuyos nombres, en la anterior generación, eran apenas conocidos, se encuentran hoy sojuzgados por Europa, sirviendo a sus necesidades. Las cataratas Victoria, que un europeo contempló por primera vez hace medio siglo, producen ahora energía eléctrica. El muro que aislaba al último país, el Tibet, ha sido derrumbado también.
Pero en los albores de nuestro siglo existen dos lugares que esconden con rubor sus misterios ante la mirada inquisitiva del hombre; la Tierra conservó intacto esos dos puntos inaccesibles llamados Polo Norte y Polo Sur, esos puntos extremos de la columna vertebral de su cuerpo, alrededor de los cuales gira desde incontables milenios. Inmensas murallas de hielo se levantan ante su secreto, defendido por el eterno invierno. Fríos atroces y asoladoras tempestades se interponen en el camino de los más osados descubridores que, atacados por imponderables peligros, victimas de los elementos desencadenados, han de renunciar a seguir adelante.
Tiempo atrás se realizaron varias expediciones, que vieron frustrado su intento. En un desconocido lugar de aquellas inmensidades reposa en su cristalina tumba de hielo, el cuerpo de un tal Andrée, el cual, hace treinta y tres años, pretendió llegar al Polo en globo y no regresó. Durante miles y miles de años, la Tierra ha conservado allí su propia fisonomía, resistiéndose victoriosamente a la pasión de sus criaturas.
Pero ha sonado la hora del siglo XX, el cual tendió sus manos con impaciencia, provisto de las nuevas armas creadas en sus laboratorios, que suponen novedosos escudos contra los mil peligros, acuciado precisamente por la resistencia que se opone a su paso. Arde en deseos de conocer la verdad, de conseguir en sus primeros años lo que no lograron los siglos que le precedieron.
Al valor individual se une la competencia de las naciones. No se lucha sólo por descubrir el Polo, sino por cual habrá de ser la bandera que ondeará sobre tierra virgen.
Acuden a renovar sus intentos de todas las partes del mundo. La Humanidad espera ansiosa, pues sabe que se trata del último secreto por descubrir.
Peary y Cook, desde Norteamérica, se dirigen al Polo Norte, y dos buques zarpan hacia el Antártico, uno a las órdenes del noruego Amundsen y el otro bajo el mando del inglés Scott.
Scott es uno de los tantos capitanes de marina británica. Nada hay que permita descubrir en él al héroe.
Su aspecto físico es el común entre los ingleses: un rostro frío, enérgico, flemático. Sus ojos son grises, y la boca inexpresiva... Ni un rasgo romántico, ninguna alegría se advierte en aquel semblante, que expresa sólo voluntad y sentido práctico.
Pero Scott tiene una voluntad de acero, puesta a prueba antes ya de realizar su hazaña: dar término a la obra iniciada por Shackleton. Para ello intenta organizar una expedición, y aunque los medios propios no le bastan, no se desanima y contrae deudas, seguro como esta de su triunfo. Su joven esposa le da un hijo, pero tampoco este hecho influye en su determinación de llevar a cabo el intento, y cual otro Héctor, abandona a Andrómaca. Ninguna consideración humana detendrá su voluntad. Reúne algunos compañeros para su obra.
Al buque que debe llevarlos hasta los límites del Mar Glacial le da el nombre de Terra Nova. Un extraño buque, mitad arca de Noé llena de animales, mitad laboratorio, por la profusión de instrumentos y la abundancia de libros. De todo hay que llevar a aquellos inhóspitos lugares: de lo que el hombre necesita para su cuerpo y de lo que necesita para el espíritu; pieles y animales como los hombres primitivos y, junto a esto, lo más moderno, lo más refinado de los tiempos presentes.
Salen de Inglaterra el 1° de junio de 1910.
Los expedicionarios ven emocionados como la costa se va desdibujando hasta desaparecer de su vista. Todos saben que se despiden del sol y del calor por más de un año, y algunos quizá para siempre.
Universidad Antártica
En el mes de enero, después de un corto descanso, desembarcan en Nueva Zelanda, en las proximidades del cabo Evans, en la región de los hielos eternos, donde montan una vivienda para pasar el invierno. Diciembre y Enero se consideran allí meses de verano, porque es el único período del año en que el sol luce unas pocas horas en lo alto de un blanco y metálico cielo.
Las paredes del refugio son, como en las anteriores expediciones de madera, pero con detalles reveladores del progreso de los tiempos. Disponen de la blanca luz de las lámparas de acetileno, el cinematógrafo les ofrece visiones de las tierras lejanas, escenas tropicales, parajes templados, un gramófono les alegra con música y canto , además del esparcimiento que les procura la lectura de los libros que han traído consigo. En una de las habitaciones teclea la máquina de escribir; otra sirve de cámara oscura y en ella son reveladas las películas y las fotografías en colores.
Durante aquellos largos meses de oscuridad, cada uno tiene asignada una labor, convirtiéndose la investigación particular en instrucción común. Aquellos veinte hombres tienen todas las noches conferencias y calases universitarias, en noble hermandad cada cual trasmite a su compañero la ciencia que adquiere y las mutuas conversaciones van ampliando su idea del mundo y de la vida.
Resulta conmovedor como celebran ingenuamente la fiesta de Navidad, sin que falte el tradicional árbol de Noel y como gozan con las inocentes bromas del South Polar Times, periódico humorístico que ellos mismos redactan.
Entre tanto se preparan, probando los trineos automóviles, aprendiendo a esquiar, adiestrando a los perros, abasteciendo un depósito de campaña para el gran viaje que les espera.
Pero un día, una expedición que había salido en dirección oeste trae una noticia un tanto desalentadora: habían descubierto el campamento de Amundsen. Y Scott se da cuenta de que además del hielo y de los muchos peligros que han de vencer, había alguien que les disputaba la gloria de ser los primeros en arrebatar el secreto a la región que tan celosamente lo ha guardado hasta entonces. Al consultar los mapas comprueba que el campamento de Amundsen está ciento diez kilómetros más cerca del Polo que el suyo, pero supera el desánimo y escribe en su Diario: "Adelante, por el honor de mi patria."

¡Hacia el Polo!

En la cumbre de una colina utilizada como observatorio y situada a dos kilómetros de distancia de la cabaña hay un puesto de guardia permanente. En aquella solitaria altura se ha instalado un aparato que parece un cañón dirigido contra un enemigo invisible y que tiene la misión de medir las calorías del sol, que se va aproximando.
Por fin ha llegado el momento. Un aviso telefónico desde el observatorio les comunica la aparición del sol.
¡El sol, el sol ha levantado su disco después de meses interminables de noche invernal! Su brillo es pálido y débil, como sin ánimos para infundir vida a aquella helada soledad.
Se realizan febrilmente los últimos preparativos, a fin de aprovechar el corto período de luz en que allí se resumen primavera, verano y otoño y que nosotros consideraríamos desagradable invierno. Marchan en cabeza los trineos automóviles, siguiéndoles después los que son arrastrados por mulos y perros siberianos. La ruta está dividida cuidadosamente en varias etapas; cada dos días de camino se instala un campamento-depósito, que tendrá por objeto suministrar al regreso, ropas, alimentos, petróleo y lo más indispensable que pueda proporcionar calor en aquellos hielos perpetuos.
El plan es magistral, ha sido concebido previendo los menores detalles o acontecimientos adversos. Las dificultades no tardan en presentarse. A los dos días de viaje se averían los trineos automóviles, que han de ser abandonados como carga inútil, tampoco los mulos dan el resultado que se esperaba...; pero una vez más triunfa la materia viva sobre la fría mecánica, pues las acémilas que ha habido que matar sirven de alimento a los perros, cosa que les proporciona nuevas calorías y renovadas fuerzas.
Delante va siempre un expedicionario, envuelto en pieles, un ser de aspecto salvaje, que solo deja ver los ojos y la barba.. Su enguantada mano conduce del ronzal a un mulo que arrastra un cargado trineo, detrás de él va otro con igual indumentaria; luego otro, y así sucesivamente hasta veinte; puntos negros en línea oscilante, destacándose en la deslumbradora llanura.
Aumentan las preocupaciones. El tiempo se hace por momentos más desagradable y, en lugar de los cuarenta kilómetros que pretendían recorrer por jornada sólo avanzan treinta, a pesar de que cada día es un tesoro, ya que saben que desde otro punto invisible de aquella soledad alguien se dirige al mismo objetivo.
La salud de los expedicionarios empieza a resentirse; unos sufren deslumbramientos con la nieve; a otros se les hielan los miembros...Los mulos dan muestra de agotamiento, a pesar de lo cual hay que reducirles la ración , y por fin en la proximidad del glaciar de Beardmore, todos los pobres animales sucumben. Se han de enfrenar con el penoso deber de matar a las valientes bestias que en aquellas soledades han sido , durante dos años, entrañables amigos; todas ellas eran reconocidas por sus nombres, ¡ y cuantas ocasiones las han colmado de caricias...! A aquel campamento trágico le dieron el nombre de El Matadero
Una parte de la expedición se separa en aquel lugar sangrientoy retrocede hasta la base, mientras la otra se dispone a llevar a cabo el último esfuerzo, a través del glaciar, de aquella invencible muralla de hielo que rodea el Polo que sólo la firme e inconmovible voluntad de un hombre puede romper.
Cada vez recorren menos distancia. La nieve se adhiere a los trineos, que ya no se deslizan sino que tienen que ser arrastrados a viva fuerza. El hielo corta como cristal y les hiere los pies, pero no retroceden. El día 30 de diciembre llegan al grado 87 de latitud, punto alcanzado por Shackleton.
Allí ha de retroceder el último grupo, sólo cuatro elegidos deben acompañar a Scott al Polo. Dos reducidas caravanas emprenden la marcha en dirección opuesta: la una hacia el Sur, hacia lo desconocido; la otra hacia el Norte, hacia la patria. Las últimas siluetas van desdibujándose en la distancia hasta desaparecer...
El grupo elegido continúa hacia lo ignoto. Sus nombres son: Scott, Bowers, Oates, Wilson y Evans.


El Polo Sur

La esperanza es cada vez mayor. Scott va anotando las distancias ya recorridas: "Sólo faltan ciento cincuenta kilómetros hasta el Polo, pero de seguir así, no podremos resistirlo" Y dos días más tarde dice: "Sólo faltan ciento treinta y siete kilómetros hasta el Polo, pero serán muy amargos". De repente las anotaciones adquieren un tono más optimista. "¡Sólo a noventa y cuatro kilómetros del Polo! Si no conseguimos llegar a él habremos llegado muy cerca" El 14 de enero la esperanza se convierte en seguridad: ¡Sólo a setenta kilómetros! ¡Tenemos el final ante nosotros! Y al día siguiente las notas del diario respiran franca alegría: Sólo nos quedan cincuenta miserables kilómetros. ¡ Tenemos que llegar allí cueste lo que cueste!
Tienen la presa cerca. Los brazos se tienden ya para apoderarse del último secreto de la Tierra. Falta un postrer esfuerzo para lograr el objetivo propuesto.

El 16 de enero

"Buen Humor", consigna Scott en el Diario. Por la mañana salen más temprano que ningún día, pues la impaciencia les impulsa salir de sus sacos de dormir, para contemplar cuanto antes el maravilloso y terrible secreto. La trascendental hazaña está casi ya realizada. De pronto Bowers se muestra intranquilo. Su mirada se calva anhelosamente en un diminuto punto oscuro que se destaca en aquella inmensa sabana de nieve. En el cerebro de todos se agita la misma y terrible idea; la idea de que otro hombre hubiera podido plantar allí su señal. Todos saben ya la verdad sin la menor duda posible: los noruegos, Amunsden , les han tomado la delantera.
Pronto se desvanece la última incertidumbre ante el hecho auténtico de una bandera negra atada a un trineo abandonado allí con los restos de un campamento. Era indudable: Amundsen había acampado allí. Lo que el ser humano ha considerado grandioso, lo incomprensible, ha sucedido ya: el Polo de la Tierra que durante miles y miles de siglos había permanecido inexplorado, acaba de ser conquistado por dos veces en el transcurso de poquísimo tiempo, con la sola diferencia de quince días. Y ellos son los segundos, son los segundos pero ante el concepto miserable del hombre, lo primero es el todo y lo segundo ya nada significa. Scott escribe en su diario: "Todas las penalidades, todos los sacrificios, todos los sufrimientos ¿de que han servido? Sólo han sido sueños que acaban de desvanecerse." De mal humor, perdida toda esperanza, emprenden, como condenados, la última etapa hacia el Polo, que ansían pisar a pesar de todo. No tratan de consolarse mutuamente y marchan silenciosos. El 18 de enero el capitán Scott llega al Polo con sus cuatro compañeros, y como la hazaña de haber sido los primeros ya no puede apasionarles, contemplan tristemente aquellos desoladores parajes. La única descripción que consta en su diario es ésta: "Nada puede verse aquí que se distinga de la terrible monotonía de los últimos días."
La única particularidad que encuentran allí no es obra de la naturaleza, sino de una mano rival: la tienda de Amundsen. Una carta espera allí al segundo que consiguiese llegar después que él a aquel lugar, rogándole que la haga llegar al rey Haakon de Noruega.
Scott está dispuesto a cumplir aquel deber fielmente. Izan contristados la bandera inglesa, la "Union Jack" , junto al victorioso emblema de Amundsen". Con profética amargura escribe Scott en su Diario: "Me preocupa el regreso".

El desastre final

A la vuelta se multiplican los peligros. A la ida se guiaban por la brújula. Ahora tienen que procurar no perder las propias huellas. Mirar de no extraviarse durante varias semanas, para no desviarse de los depósitos de los campamentos. Saben que cualquier desviación les conduciría a la muerte.
El viento sopla constantemente. El invierno llegó ante de tiempo y la nieve blanda se endurece y dificulta la marcha enormemente. Brota un poco de alegría cada vez que después de una penosa marcha, consiguen llegar a un depósito. Nada revela de un modo más elocuente el heroísmo espiritual de aquellos hombres como el hecho de que Wilson, el naturalista, pese a las tremendas circunstancias, continúe con sus investigaciones científicas, y arrastrando su propio trineo con la carga natural, aumente esta con dieciséis kilos de piedras raras encontradas por el camino.
Desde hace días tienen los pies llenos de llagas y se hallan con insuficientes calorías, pues sólo pueden hacer una comida caliente diaria. Con horror se dan cuenta de que Evans, el más fuerte de todos ellos, se conduce extrañamente; se rezaga por el camino, se queja sin cesar de sufrimientos reales o imaginarios, tiembla, sostiene monólogos absurdos.
A la una de la madrugada del 17 de febrero muere el desdichado oficial, a una jornada escasa de el campamento El Matadero, donde por primera vez les espera comida más nutritiva, suministrada por la carne de los animales que unos meses atrás se vieron obligados a sacrificar allí.
El depósito que han encontrado les depara una amarga decepción. Hay poco petróleo lo que significa que tienen que limitar el combustible a los más imprescindible, tienen que ahorrar calor. Pero deciden continuar la marcha. Uno de ellos, Otaes, ha de avanzar arrastrándose. Se le han helado los pies. Al llegar al segundo depósito el 2 de marzo , se repite otra vez la decepción cruel: el combustible es también insuficiente.
Pero continúan la marcha, sin esperanza, abatidos. Otaes apenas puede seguir, representa una carga más para sus compañeros. Tienen que retrasarse por su causa, a una temperatura de 42° bajo cero al mediodía. El desgraciado reconoce que en su estado resulta un estorbo para sus camaradas. Todos están dispuestos para el fin. Piden a Wilson las diez tabletas de morfina de que van provistos para acelerar la muerte en caso de absoluta necesidad. Pero hacen una jornada más cargados con el enfermo. El enfermo puede andar todavía unos pocos kilómetros sobre sus helados pies y de esta manera pueden llegar al campamento más próximo, donde duermen. Al despertar y salir al exterior el huracán ha arreciado.
De repente Otaes se levanta. "Voy a salir afuera, tardaré muy poco" Sus compañeros se estremecen. Todos saben lo que significa aquella salida. Pero ninguno de ellos se atreve a detenerlo.
Tres hombres de la expedición se arrastran sin fuerzas por aquel infinito desierto de hielo. Sólo el instinto de conservación les impulsa a continuar la marcha. El tiempo es cada vez más despiadado. Cada depósito supone para ellos una nueva decepción. El 21 de marzo se hallan a una distancia de unos 20 kilómetros de uno de los depósitos, pero el viento sopla con tal furia que no pueden salir de la tienda. Ya no les queda combustible y el termómetro marca 40° bajo cero. Han de morir de hambre o de frío. El 29 de marzo saben ya que ni un milagro puede salvarlos. Entonces deciden no dar un paso más y aceptar la muerte dignamente. Se meten en sus sacos de dormir, y de sus últimos sufrimientos no ha trascendido el menor detalle.

Las cartas póstumas del moribundo

Con los dedos entorpecidos por el frío, el capitán Scott, a la hora de la muerte, escribe cartas a los seres vivos que son entrañables para él.
Escribe a su mujer. Le recomienda que cuide a su tesoro, su hijo. "¡Cuantas cosas podría contarte de este viaje! A pesar de todo, ha sido mucho mejor que lo realizara en vez de quedarme en casa rodeado de comodidades."
Y como fiel camarada escribe a la madre y a la esposa de cada uno de sus compañeros de infortunio, que mueren con él , para testimoniar su heroicidad.
Escribe además a sus amigos. Luego escribe una última carta a la nación inglesa. Sus últimas palabras no se refieren a él , sino a la vida de los demás. "¡Por el amor de Dios, no desamparéis a los que quedan!"
Y aún añadió con letra insegura, debido a los agarrotados dedos, para expresar su última voluntad: "Remitan el diario a mi esposa". Luego, impulsado por la incertidumbre, tacha la palabra esposa y escribe: " a mi viuda."

La repuesta

Dos veces se enviaron expediciones de socorro pero el mal tiempo los obligó a retroceder. Todo el invierno pasaron los expedicionarios en su refugio, deprimidos por el presentimiento de la catástrofe. No sale otra expedición hasta el 29 de octubre, en la primavera austral, para hallar por lo menos los restos de aquellos valientes. Y el 18 de noviembre llegan a la tienda donde encuentran los cadáveres metidos dentro de los sacos de dormir. Scott esta abrazado a Wilson. Los expedicionarios recogen las cartas y los documentos. Antes de partir sepultan a las víctimas.
Las hazañas resucitan gracias a la milagrosa técnica moderna. Los expedicionarios llevan a Inglaterra las placas fotográficas y las películas encontradas. Al ser reveladas puede volver a verse a Scott y sus compañeros en su peregrinación por las inmensas regiones polares. Se difunden por cable sus palabras y sus cartas y en la catedral del Reino Unido el rey dobla la rodilla en homenaje a los héroes. Así vuelve a ser fecundo lo que parecía estéril..."


Colaborador: Diego Martini